Ellas, Nosotras
Trabajo de creación visual en el que 12 fotógrafas contemporáneas resignificamos, a través de un diálogo fotográfico de tú a tú, la obra y la figura de 12 mujeres creadoras de las vanguardias europeas del siglo XX en distintas artes visuales (cine, artes escénicas, performance, pintura, dibujo, poesía, baile, escultura y fotografía). Todas ellas fueron pioneras en su ámbito y poco conocidas en la actualidad.
Actividad realizada con ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte.
Marie Blanche Wittman, más tarde apodada “la reine des hystériques”, ingresó por vez primera en el hospital parisino de La Salpétrière a los dieciocho años, en 1877. Fue una de las pacientes más célebres del neurólogo Jean-Martin Charcot, maestro de Sigmund Freud y especialista en tratamiento con hipnosis de la denominada histeria, un trastorno de origen desconocido que afectaba fundamentalmente a las mujeres (o eso se creía) y producía una serie de síntomas neuróticos diversos como cefaleas, insomnio, irritabilidad, episodios de crisis convulsivas y “propensión a causar problemas”, según la literatura científica de la época. Estremece ver en la actualidad el álbum Iconographie photographique de la Salpétrière, una recopilación de fotografías de los pacientes del servicio de Charcot publicado por Bourneville y Regnard unos años más tarde. Marie Wittman es una de sus protagonistas y se la retrata en “estado normal” y en pleno paroxismo, fuera éste real o inducido.
En ese mismo año de 1877, la joven periodista norteamericana Nellie Bly, recién contratada por Joseph Pulitzer para el diario sensacionalista The New York World, recibió su primer encargo de importancia: escribir un artículo sobre el asilo psiquiátrico para mujeres de la Isla de Blackwell. Decidió para ello infiltrarse como una paciente más, para poder describir de primera mano las terribles condiciones de vida y el trato denigrante al que eran sometidas las enfermas (iniciando con ello lo que actualmente conocemos como periodismo gonzo). “Hay dieciséis médicos en esta isla, y excepto dos, nunca los he visto prestar atención a sus pacientes. ¿Cómo puede un médico juzgar la cordura de una mujer simplemente dándole los buenos días y negándose a escuchar sus súplicas?” escribiría Nellie Bly en el sorprendente Diez días en un manicomio.
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La histeria femenina fue una enfermedad victoriana que afectaba a una de cada cuatro mujeres, o eso afirmaban algunos médicos de entonces. Su diagnóstico permitió confinar a muchas hijas, hermanas o esposas cuyo síntoma era “la propensión a causar problemas”. Dicho de otro modo, su renuncia al decoro, a la moral, al rol doméstico, dócil y reproductor que la sociedad les asignaba. Con el auge del sufragismo, la histeria se convirtió en una pandemia cada vez más difícil de controlar o de justificar desde un punto de vista científico.
Dos décadas más tarde, en 1896, la fotógrafa Frances Benjamin Johnston realizó en su casa-estudio de Washington, D. C. un autorretrato cargado de intención. La imagen se conserva entre las más de 20.000 que ella misma donó a la Librería del Congreso en 1947, pocos años antes de su muerte, tras una carrera independiente, fructífera y reconocida por sus contemporáneos.
En la fotografía vemos a Johnston posando “como un hombre” según los cánones victorianos (actualmente vigentes en ciertas mentes y sectores). La fotógrafa aparece sentada de lado sobre un cajón de madera, con las piernas cruzadas y mostrando sus enaguas en un gesto rotundo, carente de coquetería. Se inclina agresivamente hacia delante, como si tratase de convencer a un interlocutor invisible durante una acalorada conversación, cigarrillo y jarra de cerveza en ristre. Sobre la repisa de la chimenea ha dispuesto seis retratos tomados por ella misma de varones ilustres: un poeta, un dramaturgo, dos bibliotecarios y un fotógrafo, miembro como ella del Capitol Camera Club (del cual fue la primera mujer admitida). Johnston tituló esta imagen Self-portrait as New Woman, autorretrato como “mujer nueva”.
Dos años antes, la escritora irlandesa Sarah Grand había empleado por primera vez dicha expresión para referirse a las mujeres autónomas, influidas por el sufragismo y deseosas de un cambio radical en su función y percepción social. Otra autora, Ouida, contraria al movimiento, asentó un término finalmente popularizado por Henry James, sensible a una emergencia feminista que representó en novelas como Daisy Miller o Bostonianas. Las “mujeres nuevas” accedían a la educación, a un papel más activo en la vida pública; ejercían cierto control sobre sus propias vidas, vestían más cómodas, montaban en bicicleta (lo que en esta época, era todo un símbolo de libertad de movimiento).
Tendemos a pensar que la causa feminista nació después de la Primera Guerra Mundial debido al rol prominente de las mujeres trabajadoras en la retaguardia; sin embargo, fue la primera revolución industrial la que propició la incorporación de la mujer al trabajo precario de las fábricas y su consiguiente conciencia de clase. La asunción de las desigualdades intrínsecas a su condición, el inconformismo y la voluntad de mejora se fraguaron en los telares, y fueron posteriormente formulados por movimientos burgueses como el sufragismo, pero también por los líderes del incipiente movimiento obrero y sus compañeras de lucha. Las nuevas mujeres fin de siècle eran deudoras de esta mano de obra barata que fueron las mujeres pobres trabajadoras de principios del XIX. En 1897, Frances Benjamin Johnston publicó un artículo en una revista femenina, el Ladies Home Journal, bajo el título “Lo que una mujer puede hacer con una cámara”, en el que recomendaba la fotografía como una profesión especialmente indicada para las mujeres en busca de independencia. El texto sorprende por su modernidad, por la vigencia de muchos de sus consejos, y porque presenta a una mujer emprendedora como referente, lo cual no era tan extraordinario para sus contemporáneos como imaginamos.
La Primera Guerra Mundial aceleró y exacerbó el proceso de emancipación femenino ligado a la mecanización de la sociedad. Carmen de Burgos “Colombine”, periodista española, corresponsal de guerra y defensora de los derechos de la mujer, escribió en 1917 un relato curioso titulado El Kodak. Su protagonista, una mujer acomodada norteamericana, deambula sola por Hamburgo en plena guerra tomando fotografías con su cámara automática Kodak —la propia firma había lanzado hacia 1900 una campaña exclusivamente dirigida a las mujeres y su protagonista, la Kodak-girl, era una figura muy popular—. La actividad de esta turista solitaria levanta las sospechas de dos oficiales que la detienen con brusquedad por pensar que es una espía: una mujer que transitaba sin compañía masculina con una máquina de hacer fotos era potencialmente peligrosa (una mujer podía hacer muchas cosas con una cámara).
Tras la guerra, la sociedad europea estaba diezmada (diez millones de hombres murieron en el campo de batalla) y absolutamente traumatizada por su capacidad de autodestrucción y barbarie. Contra todo pronóstico, la precaria República de Weimar alemana alumbró un renacimiento cultural surgido de las cenizas de sus ciudades en reconstrucción, impulsado por una juventud decadente y nihilista que se adueñó de la noche, de los símbolos de la modernidad (el automóvil, el cine, el jazz) y propuso nuevos lenguajes para hablar de futuros utópicos, distópicos, feroces. Fue el período cultural más brillante, libre y fértil de la contemporaneidad. También fue el caldo de cultivo de ideologías tan radicales como la ruptura de formas que suponían las vanguardias (no olvidemos que Goebbels fue ferviente admirador de las películas de Fritz Lang). En el Berlín de entreguerras, el cuerpo también fue una forma susceptible de distorsionarse: los cabarés se poblaban de seres andróginos, sexualmente activos, fuera de norma. Las neue frau de los años veinte ya no eran las new women burguesas anteriores a la guerra. Eran mujeres artistas, profesionales o buscavidas independientes, con una sexualidad desenfadada, asertiva. Ya no solo montaban en bici; lo hacían en pantalones, sin sombrero, con cortes de pelo inéditos. Algunas conducían, otras bailaban, opinaban, bebían, fumaban, se drogaban. Si tenían necesidad de trabajar, ya no estaban abocadas a un burdel o una fábrica. Podían ser taquígrafas, operadoras, secretarias, enfermeras, pero también escritoras, fotógrafas, cineastas, pintoras, diseñadoras... Se las llamaba garçonnes, unas chicas masculinas que bien podrían haber sido chicos femeninos, porque en Berlín, de noche, todos los gatos eran pardos.
Esta nueva feminidad fue maravillosamente descrita por José Díaz Fernández, un autor español afín a la República y olvidado tras su exilio, en la novela La venus mecánica, ambientada en el prometedor Madrid de la Edad de Plata: “El rostro aniñado, un poco andrógino, el sombrero de muchacho y la blusa cerrada, sugerían una de esas bellezas preparadas para la química cosmopolita. Más que mujeres, esquemas de mujeres como las pinturas de Picasso (…) Aquel ser no podía cuajar por sí solo en el misterioso laboratorio del útero. Era una sutil colaboración entre la máquina y la industria, de la técnica y el arte. Alimentos concentrados, brisas artificiales del automóvil y el ventilador eléctrico, iodos de tocador, sombras de cinema y claridades de gas.”
El cine fue sin duda el gran promotor global de los nuevos estereotipos femeninos. La industria cinematográfica, un medio masivo y popular entre todos los estratos sociales, creaba heroínas tradicionales (madres abnegadas, ángeles del hogar, viudas desconsoladas) y nuevos roles, más ambiguos: vamps (un término acuñado por la interpretación de Musidora en Los vampiros de Louis Feuillade); femmes fatales (figuras fundamentales en los primeros films noirs como la Lulú interpretada por Louise Brooks en La caja de Pandora); flappers (las jovencitas desinhibidas que llenaban los speakeasys durante la Ley Seca); incluso autómatas, mujeres-robot como la Maria de Metropolis. Todas ellas ofrecían nuevos referentes para las mujeres jóvenes de su época que les permitían adoptar nuevos comportamientos y proyectar futuros más allá del entorno doméstico.
Cuando Rocío Bueno me invitó a redactar un texto para este proyecto colectivo, quise evitar hacer exégesis de lo que sus doce integrantes proponen, ya que todas ellas saben perfectamente qué hacer con sus cámaras (lo cual queda patente en las imágenes y textos que vienen a continuación). Como considero que la función de la crítica de arte no es la redundancia, me pareció más juiciosa la opción de escribir un prólogo que diera cuenta de la genealogía que permite asimilar en su justo contexto las figuras de las doce creadoras de vanguardia a las que este proyecto rinde tributo, pues no debemos caer en la tentación de considerar que estamos rescatando lo oculto. Ninguna de esas mujeres ejerció su profesión en la sombra. Estuvieron presentes, fueron respetadas por sus colegas, pudieron producir y compartir su obra. Tampoco están al margen de los archivos, aunque tal vez haya que ser más minucioso o sistemático para dar con sus rastros. Su omisión no se debe a la excepcionalidad de sus trayectorias; se debe a la sistematización del olvido perpetrada por los historiadores y las historiadoras del siglo XX y, lo que es más grave, del siglo XXI.
Existe una historia de las artes protagonizada por mujeres: una historia minoritaria pero significativa, en absoluto marginal y sin embargo silenciada por el relato canónico. La aparición paulatina de la figura de la mujer en la escena literaria, artística y escénica entre los últimos años del siglo XIX y la década de los treinta del siglo XX se produjo en un contexto absolutamente dominado por el hombre. Fueron ellos los que escribieron sobre arte, pero también los que gestionaron, promovieron y controlaron sus estructuras organizativas. No obstante, los archivos, hemerotecas, anuarios y publicaciones de la época están plagados de mujeres que dirigían y promovían sus carreras creativas. En este prólogo he citado varias; este proyecto introduce otras tantas, y todo ello supone una ínfima proporción de la realidad.
La emancipación y liberación creativa de las nuevas mujeres de los años veinte se ensombreció con el auge de los fascismos y el «retorno al orden» social. La mujer volvió a ser ángel (un ángel cinemático, iluminado por los convencionalismos hollywoodienses) y retornó al hogar (un hogar que pronto dispondría de electrodomésticos y televisores, los nuevos objetos de deseo de la sociedad de consumo), pero esa es otra historia.
Empecemos por esta.
María Santoyo
Noviembre 2022
El objetivo del trabajo es la recuperación y reivindicación de referentes de mujeres que nos sirvan de inspiración por sus vidas, así como dar visibilidad y poner en valor el trabajo de las mujeres fotógrafas actuales.
Publicación divulgativa del proyecto
Agenda atemporal, resultado del diálogo visual de las 12 fotógrafas contemporáneas y la obra de las 12 mujeres pioneras de las vanguardias europeas del siglo XX.
De distribución gratuita.

Actividad realizada con la ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte.
































